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Las Palomas de San Marcos, por
Demetrio Fábrega

Para Octavio Méndez Pereira

La ciudad ducal perece.
Se oye un ruido cual un trueno
que los aires estremece.
Son las hordas de germanos
que se acercan agitando su pendón.
Los Hulanos de la Muerte. Los hulanos
que se acercan. ¡Maldición!

¡Oh , Venecia la encantada!
¡Oh, Venecia la cantada,
la del Rialto y el Canal;
la que encierras todo el Arte
en tus viejas catedrales,
en tus palacios ducales,
en tu cielo y en tu mar!

¿Quién será el que te defienda
del furor del enemigo?
¿Quién protege ese tesoro
que en tu seno buscó abrigo,
el tesoro de tus cuadros,
y el tesoro de tus arcos?

Han huido tus soldados
como si un pavor extraño los arredra:
aún parece que asustados
los leones de San Marcos
crispan sus garras de piedra.

No es que teman por su muerte,
es que temen por tu vida;
es el miedo de que manos
de profanos te mancillen y que en sangre
se purpure de tus lagos el cristal.

¿Quién al mundo te devuelve
cuando el hierro te destruya?
No es tu vida sólo tuya,
pues que el Arte vive en ti.
Deja que entren por tus calles los soldados.
Por tus mármoles sagrados
no te empeñes en la lid.

Se oye un ruido cadencioso
como de un batir de alas
que azotaran suavemente
tus comisas y tus arcos.
No estás sola, que aún revuelan
por tus calles solitarias,
tus palomas legendarias:
las palomas de San Marcos.

No; jamás te dejaremos, dicen ellas,
si a tu gloria vive unida nuestra suerte,
por tu gloria moriremos.
Mas, ¿qué hacer por defenderte?
Es muy débil nuestro pico
(pico de ave)
contra el casco de los fieros coraceros
y el plumón de nuestras alas
es muy suave
contra el plomo traicionero de las balas.

Nunca fuimos de la muerte mensajeras.
Desde bíblicas edades
siempre el ramo de la oliva
en las recias tempestades
sobre un pico de paloma floreció;
elevemos cual baluarte
la eucarística blancura
de las alas, estandarte
que se eleve como enseña de perdón.

*  *  * 

Así hablaron, y juntando todas ellas
los plumones de sus alas,
por los aires se elevaron
sobre la muerta ciudad,
desplegando ante los ojos
del extático enemigo,
cual un reto a sus enojos,
¡una gran bandera blanca
como un símbolo de Paz!


Del libro: Obra Selecta


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