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REGALO DE BODAS,
por Ricardo Miró

          - Buenas tardes, Don Luis.
          - Muy buenas, Pablo.

¿Y cuál diablo
 te ha traído a estas horas por aquí?
- Que me caso Don Luis, que al fin me caso
y como usted detesta el matrimonio
vengo a pedirle que me dé un abrazo
y que le rece a Dios o al demonio,
cosa igual para usted en este caso.

- ¡Conque te casas siempre!...

Hubo tal pena
en la frase del viejo;
se contrajo tan hosco su entrecejo,
que Pablo, que al entrar, iba de vena,
enmudeció.

Quedaron pensativos…
y en esa hora grave y misteriosa
flotó sobre la estancia silenciosa
un diálogo de puntos suspensivos…

Era Don Luis de Alcántara un anciano
de altivo porte y clásica perilla,
hermano de Don Juan, el de Sevilla,
que ufanaba de no tener hermano.

Los hombres le temieron a su espada
y las damas temieron a sus ojos,
que, amando y encendiéndose en enojos,
herían igual su acero y su mirada.

Pero un día… (¡Quién sabe qué aventura
fatal tuvo Don Luis!...) con la amargura
del que ha probado todos los placeres

y no halló en nada ni placer ni gloria,
cerró su corazón y su memoria
al vino, y al amor, y a las mujeres.

Cuando acabó la fiesta de la boda
-que fue un suceso digno de Aladino-
con la triste alegría con que vino
se dispersó la concurrencia toda.

Pablo, entonces, enlazando la cintura
de su joven y dulce compañera,
tímidamente, por la vez primera,
la besó con un beso de ternura.
Ella perdió la calma,
y mientras se encendía de sonrojos
como una estrella apareció en sus ojos
una lágrima pura de su alma.
Y empezaron a andar, avergonzados,
por los salones, claros como el día,
con aquella dulcísima agonía
de la primera noche de casados.

Ricas lámparas de ónix; cincelados
jarrones de metal, allí fulgían,
porque bajo mil luces exhibían
su generosidad, los invitados.
Todo lo que la mente imaginara
en un mágico sueño,
allí explendía en competencia rara:
desde el sagrado mármol de Carrara
hasta el limpio diamante brasileño.

De pronto a Pablo
le llamó la atención
un cofre de tan rara confección
como pudiera imaginarlo el diablo.

Negro, como una duda que asesina,
sexagonal, pequeño
como ha de ser el ataúd de un sueño,
tenía un enigma de oro en cada  esquina.

Intrigados y mudos, los esposos
quedaron ante el cofre diminuto,
pero ella -¡Al fin mujer!- tras un minuto
de indecisión, posando los nerviosos
deditos sobre el broche refulgente,
abrió la tapa de la caja.

¡Espanto,
miedo, consternación!
Bañose en llanto
la gloria de sus ojos, y él, en tanto,
sintió helarse el sudor sobre su frente;
porque sobre un revólver que fulgía
y un dije más que un arma parecía
sobre un fondo de raso carmesí,
una tarjeta de Don Luis decía:
“¡Para ella, para él y para ti!”


Publicado en La Estrella de Panamá, el 22 de agosto de 1965,
con la siguiente observación:
Un poema escrito por Ricardo Miró hace cincuenta años.


Poesía enviada por la Sra. Elidia de Bolaños.

Gracias Sra. Elidia.


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